Fuente: Breve historia de la filosofía china, Feng Youlan, traducción de Wang Hongxun y Fan Moxian, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Beijing, 1989, capítulo VI
En las Analectas hay una escena que se repite: Confucio viaja de un reino a otro, intentando convencer a los príncipes de restaurar el orden perdido, y se cruza con hombres que se han retirado del mundo. 隐者 (yǐnzhě), ermitaños: personas que han dejado de participar.
Esos ermitaños comparten un diagnóstico: el mundo está tan roto que no se puede arreglar. Uno de ellos lo dice con claridad: «El mundo entero es un torrente agitado; ¿habrá quién lo cambie?». Lo que le reprochan a Confucio no es su diagnóstico sino su reacción. ¿Para qué insistir, si todo está perdido?
El artículo anterior mostró cómo Mo Zi respondió a Confucio desde abajo: desde la clase militar, con la lógica de la utilidad. Yang Zhu respondió desde el silencio: desde la decisión de no participar. Pero a diferencia de los ermitaños corrientes, que simplemente se retiraban a las montañas y no decían nada más, Yang Zhu hizo algo que cambiaba la naturaleza del gesto. Construyó un sistema de pensamiento para explicar por qué retirarse era lo correcto.
Según Feng Youlan, ese paso de la conducta a la teoría es lo que convierte a Yang Zhu en el primer filósofo del taoísmo.
Dos ideas, una sola lógica
No tenemos ningún texto escrito por Yang Zhu. Sus fechas son inciertas; debe haber vivido entre Mo Zi y Mencio, porque Mo Zi nunca lo menciona y Mencio ya lo describe como una influencia equivalente al moísmo: «Las palabras de Yang Zhu y Mo Di llenan el mundo».

Lo que sabemos de su pensamiento viene de referencias dispersas en textos de otros. El autor reúne cuatro fuentes: el Mencio, el Lüshi Chunqiu, el Hanfeizi y el Huainanzi, y extrae dos ideas fundamentales.
La primera: 为我 (wèi wǒ), cada uno para sí mismo. El Mencio lo formula así: si arrancándose un solo pelo pudiera beneficiar al mundo entero, Yang Zhu no lo haría.
La segunda: 轻物重生 (qīng wù zhòng shēng), despreciar las cosas y apreciar la vida. El Huainanzi lo resume: «Preservar la vida y mantener lo que es genuino en ella, y no permitir que las cosas lo envuelvan a uno: esto es lo que afirmó Yang Zhu».
Estas dos ideas son dos caras de lo mismo. «Cada uno para sí mismo» es la cara activa: el rechazo a sacrificar nada propio por ninguna causa externa. «Despreciar las cosas y apreciar la vida» es la cara pasiva: ningún objeto exterior vale más que la vida misma: ni la riqueza, ni el título, ni el poder. Si Mo Zi expandía el amor hasta abolir toda frontera entre yo y los demás, Yang Zhu trazaba esa frontera con la máxima nitidez.
El Hanfeizi añade un matiz que el autor señala: Yang Zhu no cambiaría un pelo de su pierna ni aunque con ello ganara el mundo entero. Aquí lo que cambia es la dirección: lo que Yang Zhu acepta recibir, en lugar de lo que acepta dar. Ni siquiera el beneficio máximo justifica la mínima pérdida corporal. Las dos versiones son consistentes: una apunta al «para sí mismo», la otra al «la vida vale más que cualquier cosa».
En el Zhuangzi hay un relato que lleva el wèi wǒ a su imagen más nítida. El legendario rey sabio Yao quiso ceder el gobierno del mundo al ermitaño Xu You. Xu You lo rechazó: «Usted gobierna el mundo y éste ya está en paz. ¿Lo haría por el nombre? El paro, que construye su nido en el enorme bosque, no ocupa sino una ramita. El tapir, que calma su sed en el río, sólo bebe hasta quedar satisfecho». Un hombre que no acepta el mundo ni siquiera como regalo, naturalmente, tampoco cambiaría un pelo por él.
Por qué ni un pelo
Hay un capítulo titulado «Yang Zhu» en el Liezi, una obra taoísta cuya autenticidad ha sido cuestionada. El autor advierte que la mayor parte de ese capítulo no refleja el pensamiento original de Yang Zhu —lo convierte en un hedonista extremo, cosa que ninguna otra fuente antigua le atribuye—. Pero una de sus anécdotas sí ilumina la lógica interna de la doctrina.

La escena es así: alguien le pregunta a Yang Zhu si se arrancaría un pelo para salvar al mundo. Yang Zhu no contesta. Un discípulo interviene para explicar. ¿Te arrancarías un pedazo de piel por diez mil piezas de oro? Sí, dice el interlocutor. ¿Te cortarías una extremidad por un reino entero? Silencio. Entonces el discípulo cierra: muchos pelos juntos son tan importantes como un pedazo de piel; muchos pedazos de piel, como una extremidad. «Un pelo es una de las diez mil partes del cuerpo. ¿Cómo puede usted menospreciarlo?»
El argumento apela al cuerpo como un todo indivisible. Cada parte, por insignificante que parezca, participa en la integridad de ese todo. Aceptar que un pelo puede sacrificarse es aceptar que partes del cuerpo son negociables; y si las partes son negociables, el todo se vuelve negociable. La línea tiene que trazarse en el punto más mínimo posible, o no puede trazarse en ninguna parte.
El mismo capítulo del Liezi lleva la lógica a su conclusión política: «Si todos se negaran a arrancarse incluso un solo pelo, y si todos se negaran a tomar el mundo como algo propio, entonces el mundo estaría en perfecto orden». Feng Youlan no da esta frase por auténtica, pero reconoce que resume con precisión tanto la doctrina de Yang Zhu como la filosofía política del taoísmo temprano.
La utilidad de ser inútil
Si la vida vale más que todo lo exterior, ¿cómo se la protege? El objetivo que recorre todo el taoísmo temprano es 全生 (quán shēng), preservar la vida íntegra: llegar al final del curso natural sin que el mundo humano lo trunque. La respuesta que se desarrolló a partir de las ideas de Yang Zhu aparece con mayor nitidez en el Zhuangzi.
El capítulo tercero, «Fundamentos para la cultivación de la vida», ofrece una fórmula: «Cuando hagas algo bueno, guárdate de la reputación; cuando hagas algo malo, guárdate del castigo. Sigue el camino medio y toma esto como tu principio constante». El razonamiento es directo: una conducta demasiado mala trae el castigo de la sociedad, pero una conducta demasiado buena trae la fama. Y la fama es peligrosa. Otro capítulo lo ilustra con una imagen: «La canela es comestible, por lo tanto el canelo es cortado. La laca es útil, y por eso se dan cuchilladas al árbol de laca». Quien es conocido por su talento corre la misma suerte.
De ahí surge la idea de 无用之用 (wú yòng zhī yòng), la utilidad de lo inútil. En el mismo Zhuangzi hay un enorme roble que sobrevive porque su madera no sirve para nada. Los leñadores lo ignoran. Crece hasta hacerse inmenso. El árbol explica en un sueño: «Hace tiempo que estoy aprendiendo a ser inútil. En varias ocasiones estuve a punto de ser destruido, pero he tenido éxito en ser inútil, lo que es de la mayor utilidad para mí».
El que sabe preservar la vida tiene que moverse en la franja entre lo bueno y lo malo, sin sobresalir en ninguno de los dos sentidos. Busca la inutilidad. Y la inutilidad, al final, resulta ser la forma más eficaz de protección.
El primer paso de un camino más largo
Feng Youlan sitúa a Yang Zhu como la primera de tres fases en el desarrollo de la filosofía taoísta. Las tres parten de la misma pregunta: ¿cómo lograr el quán shēng, preservar la vida íntegra, y evitar el daño?
La respuesta de Yang Zhu es la más directa: escapar. Retirarse a las montañas, alejarse del mundo humano. Pero el mundo es demasiado complicado; por mucho que uno se esconda, hay males que lo alcanzan. A veces, escapar no basta.
La segunda fase, representada por la mayor parte del Lao Zi, intenta algo distinto: comprender las leyes que gobiernan los cambios de las cosas. Si uno entiende esas leyes y ajusta sus acciones a ellas, puede hacer que las circunstancias se vuelvan favorables. Tampoco hay garantía absoluta: siempre hay factores imprevistos.
La tercera fase, representada por la mayor parte del Zhuangzi, lleva la pregunta a su punto extremo. El propio Lao Zi lo dice: «La razón de que uno sufra un gran desastre es que uno tiene un cuerpo. Si no tuviese cuerpo, ¿qué desastre podría sufrir?» Aquí el taoísmo ya no busca proteger al individuo dentro del mundo. Busca mirar desde un punto tan alto que la distinción entre vida y muerte, entre yo y lo demás, deje de importar. Es otra forma de escape, esta vez de este mundo a otro plano.
Estas tres fases aparecen condensadas en una sola anécdota del Zhuangzi. Zhuangzi viajaba entre las montañas y vio un árbol enorme con una copa frondosa. Un leñador estaba al lado pero no lo cortaba. ¿Por qué? Porque su madera no servía para nada. Zhuangzi comentó: «Este árbol, por no tener calidad excepcional, logra completar su curso natural». Pero esa misma noche, en casa de un amigo, un criado tuvo que matar uno de dos ánsares. ¿Cuál? El que no podía cacarear: el inútil. Un discípulo le planteó la paradoja: el árbol se salvó por ser inútil, el ánsar murió por ser inútil. ¿Cuál es la posición correcta?
La respuesta de Zhuangzi fue que ninguna posición dentro de ese juego garantiza la seguridad. Ni la utilidad, ni la inutilidad, ni el punto medio entre ambas. Solo quien se vincula con el dào y deja de usar las cosas como instrumentos de autoprotección queda libre de peligro. «Usa las cosas como tales, pero no es usado por ellas como cosa.»
El autor cierra el capítulo con una observación que recorre las tres fases como un hilo: los taoístas tempranos eran, todos, individualistas radicales. Empezaron por el «cada uno para sí mismo». Pero el desarrollo posterior de ese mismo impulso terminó por abolir al individuo que intentaba proteger. La historia del taoísmo, en la lectura de Feng Youlan, es la historia de un egoísmo que se destruye a sí mismo.
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