Rey Xuan de Qi observando desde un pabellón cómo llevan un buey al sacrificio, ilustración en tinta china

Mencio: la virtud que nace adentro

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Fuente: Breve historia de la filosofía china, Feng Youlan, traducción de Wang Hongxun y Fan Moxian, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Beijing, 1989, capítulo VII

Un día, el rey Xuan de Qi vio cómo llevaban un buey hacia el lugar del sacrificio. El animal temblaba. El rey no pudo soportarlo y ordenó que lo reemplazaran con una oveja.

Mencio estaba presente. En vez de reprocharle la inconsistencia, le dijo algo inesperado: «Eso que sintió, Majestad, es el comienzo del gobierno real.»

El rey no entendió. Mencio tampoco lo esperaba. Lo que le estaba diciendo era que aquel momento de vacilación ante el buey tenía un nombre filosófico preciso: era la semilla de todo el pensamiento que Mencio había pasado su vida desarrollando.

孟子 (Mèngzǐ), conocido en Occidente como Mencio (¿371?–¿289? a.n.e.), nació en el pequeño reino de Zou, en lo que hoy es la provincia de Shandong. Estudió confucianismo con un discípulo de Zi Si, nieto de Confucio. Durante un tiempo residió en Jixia, el gran centro intelectual del reino de Qi, donde los gobernantes reunían a los mejores pensadores de la época. Luego viajó a varios reinos tratando de hacer oír sus ideas. Sin éxito. Finalmente regresó y compuso con sus discípulos los siete libros del Mencio, obra que siglos después sería elevada al canon de los Cuatro Libros, base de la educación confuciana durante casi un milenio.

Mencio representa el ala idealista del confucianismo. Su verdadero interlocutor filosófico es una pregunta que Confucio dejó sin responder.

La pregunta que Confucio no respondió

Confucio había enseñado que todo hombre debe practicar la 仁 (rén), la benevolencia, y la 义 (yì), la justicia. Que debe hacer lo que debe hacer, ser lo que debe ser, sin calcular ventajas personales. La tradición confuciana presentaba esto como evidente.

Niño pequeño asomándose a un pozo, alegoría de la compasión innata según Mencio, ilustración en tinta china

Pero Confucio nunca explicó por qué.

¿Por qué debería un hombre actuar con benevolencia? ¿Por qué no seguir simplemente sus intereses? Esta pregunta es exactamente la que Mencio se propuso contestar. Su respuesta apeló directamente a algo más radical: la naturaleza humana misma.

Los cuatro comienzos

Mencio propuso que todos los hombres nacen con lo que llamó los 四端 (sì duān), los cuatro comienzos morales. Son cuatro disposiciones naturales, presentes en toda persona antes de cualquier educación o reflexión:

Erudito confuciano contemplando un paisaje abierto desde una terraza, ilustración en tinta china

El sentimiento de conmiseración: no poder soportar ver sufrir a otros. El sentimiento de vergüenza y aversión ante lo indebido. El sentimiento de modestia y deferencia. Y el sentido de lo justo y erróneo.

De estos cuatro comienzos emergen las cuatro virtudes fundamentales del confucianismo —la benevolencia, la justicia, el decoro y la sabiduría— cuando se los desarrolla plenamente. Estas virtudes crecen desde adentro, como un árbol desde la semilla o como un botón que florece.

Mencio ilustró esto con un argumento basado en la experiencia directa: si alguien ve de pronto que un niño está a punto de caer en un pozo, toda persona, sin excepción, siente alarma y angustia. No importa su cultura ni su formación: la reacción es inmediata, anterior a cualquier cálculo. Ese impulso es el comienzo de la benevolencia.

Pero Mencio va más lejos. Sostiene que esos cuatro comienzos son lo que diferencia al hombre de los animales. «Lo que distingue al hombre de los pájaros y las bestias es poco. La mayor parte de la gente lo abandona; el hombre superior lo preserva.» El hombre comparte muchos instintos con otras criaturas. Sus cuatro comienzos morales son lo que le pertenece en exclusiva. Y por eso, según Mencio, hay que cultivarlos: porque cultivarlos es hacerse plenamente humano.

El debate con los moístas: ¿viene de adentro o de afuera?

Esta respuesta ponía a Mencio en directa confrontación con dos posiciones filosóficas dominantes en su época.

La primera era la de Gao Zi, un filósofo contemporáneo. Gao Zi sostenía que la naturaleza humana es neutra: como el agua, puede fluir en cualquier dirección. La moralidad, según él, se añade desde afuera, es una construcción social. Para Mencio, esto era el error central: si la virtud fuera solo un barniz externo, nunca podría ser genuina.

La segunda era la de los moístas. Mo Zi había propuesto el 兼爱 (jiān ài), el amor omnímodo: amar a todos los seres humanos por igual, sin distinción. Esto parecía más generoso que la posición confuciana, que admitía diferencias en el amor según el grado de cercanía. ¿Por qué entonces Mencio los atacaba?

Feng Youlan señala que la diferencia entre ambas escuelas no se reduce al amor graduado versus el amor igualitario, aunque eso también importe. La diferencia más profunda reside en esto: el confucianismo considera la benevolencia como una cualidad que se desarrolla naturalmente desde dentro de la naturaleza humana; el moísmo sostiene que el amor omnímodo es algo artificialmente agregado desde afuera.

El confucianismo no le pide al hombre que ame a los extraños igual que a sus padres: le pide que extienda el amor que ya siente por los cercanos hacia los más lejanos. «Trata a los ancianos de tu familia como deben ser tratados, y extiende ese trato a los ancianos de otras familias.» La cadena se construye de adentro hacia afuera, siguiendo la dirección natural del afecto. El moísmo, en cambio, intenta imponer una igualdad que va contra esa dirección y refuerza el mandato con sanciones políticas y sobrenaturales. La virtud forzada, para Mencio, deja de ser virtud.

De la virtud interior al gobierno real

Aquí vuelve el rey Xuan y su buey.

Lo que Mencio le decía era esto: ya tiene el comienzo. Sintió conmiseración por un animal. Ese sentimiento es real, es suyo, viene de adentro. La pregunta es si es capaz de extenderlo a sus súbditos.

Esta idea —extender hacia afuera lo que se siente hacia adentro— es el puente que Mencio construyó entre la ética personal y la filosofía política. Confucio había enseñado el principio de 忠恕 (zhōng shù) (lealtad y reciprocidad) como camino de auto-cultivación individual. Mencio lo convirtió también en el fundamento del buen gobierno.

Si el gobernante tiene esa mente que no puede soportar ver sufrir a otros y la extiende a toda su población, surge lo que Mencio llamó 王道 (wáng dào), la vía regia. Si gobierna por la fuerza, surge el 霸道 (bà dào), el gobierno del señor militar. La diferencia entre los dos es de naturaleza, no de grado. «Cuando uno subyuga a los hombres por la fuerza, ellos no se le someten en los corazones. Pero cuando uno gana seguidores por la virtud, ellos están contentos en sus corazones y se someten sinceramente.»

Este principio lleva también a una de las afirmaciones más conocidas de toda la filosofía política china: «El pueblo es el elemento más importante en un Estado; los espíritus de la tierra y de los cereales son secundarios; y el soberano es el menos importante.» Si un gobernante actúa en contra de lo que un gobernante debe hacer, pierde su legitimidad moral. Según la doctrina de la rectificación de los nombres que Confucio había formulado, ese gobernante es un simple hombre, y el pueblo tiene el derecho moral de deponerlo. Esta idea recorrió la historia china durante más de dos milenios.

El ciudadano del Cielo

La filosofía de Mencio no se detiene en la política. Hay una dimensión más vasta.

«Quien ha desarrollado del todo su mente, conoce su naturaleza. Quien conoce su naturaleza, conoce al Cielo.» La mente a la que se refiere es la que no puede soportar ver sufrir a otros. Desarrollarla del todo es conocer la propia naturaleza. Y la naturaleza humana, según Mencio, es lo que el Cielo ha puesto en el hombre. Por lo tanto, conocer la naturaleza es conocer el Cielo.

Para Mencio y su escuela, el universo es en su esencia un universo moral. Los principios morales del hombre son también principios metafísicos del cosmos. El hombre que los desarrolla plenamente se convierte en lo que Mencio llama 天民 (tiān mín), ciudadano del Cielo. Mencio distingue además los «honores humanos» –los cargos y títulos mundanos– de los «honores celestiales» –la benevolencia, la justicia, la lealtad, la buena fe–. El ciudadano del Cielo cuida de los segundos, no de los primeros.

Esta dimensión encuentra su expresión más intensa en lo que Mencio describe como 浩然之气 (hào rán zhī qì), la «gran moral»: una fuerza que, cuando se cultiva correctamente a través de la comprensión del camino recto y de la práctica constante de la justicia, «llena todo entre el Cielo y la Tierra». El cultivo no admite forzamiento: como el campesino que no puede «ayudar a los cultivos a crecer» tirando de los tallos, hay que hacer lo que corresponde y dejar que la fuerza emerja por sí sola.

La «gran moral» no es un estado reservado a los sabios. Mencio lo afirma sin ambigüedad: todos los hombres tienen la misma naturaleza en lo esencial, como todos los pies comparten la misma forma. Por eso «todos los hombres pueden convertirse en Yao o Shun» —los dos reyes-sabios legendarios que encarnan el ideal confuciano. La pregunta que Confucio dejó sin responder tiene, en Mencio, una respuesta que va del sentimiento ante un buey hasta los confines del cosmos.

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