Ilustración en tinta china: un hilo de agua rodea y erosiona una gran roca, estilo pintura tradicional china

El tao no tiene nombre

·

Fuente: Breve historia de la filosofía china, Feng Youlan, traducción de Wang Hongxun y Fan Moxian, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Beijing, 1989, capítulo IX

Lo blando vence a lo duro. Quien se dobla permanece entero. La mayor sabiduría parece estupidez. Cualquier lector que se acerque por primera vez al Lao Zi tropieza con frases así y sospecha que se trata de poesía, de mística o de pura provocación. Feng Youlan propone otra lectura: esas frases funcionan como consecuencias lógicas de una sola ley.

Antes de lo innombrable hubo nombres

Para entender lo que Lao Zi dice sobre lo que no tiene nombre, conviene recordar qué pasó con los nombres. En el capítulo anterior de la Breve historia se describe cómo la escuela de los Nombres descubrió un territorio que está más allá de las formas y las figuras: los universales. La dureza, la blancura, la igualdad existen, pero no se pueden ver ni tocar. Fue un gran paso.

Lao Zi da el paso siguiente. Los universales, por abstractos que sean, todavía tienen nombre: se les puede llamar «dureza», «blancura». ¿Pero hay algo que esté más allá incluso de los nombres? Lao Zi dice que sí. A ese algo lo llama 道 (dào), aunque aclara de inmediato que llamarlo así no equivale a nombrarlo. Cuando decimos «mesa», afirmamos que el objeto posee ciertos atributos que justifican ese nombre. Cuando decimos «tao», no afirmamos nada sobre ningún atributo. Funciona como designación: señala sin definir.

Feng Youlan sitúa el texto del Lao Zi después de Hui Shi y Gongsun Long. La razón es precisa: para hablar de lo innombrable hace falta haberse hecho antes consciente de los nombres. La escuela de los Nombres fue esa toma de conciencia. El Lao Zi, en este sentido, responde al problema que aquella escuela dejó abierto.

Un concepto que dice todo porque no dice nada

¿Qué es el tao? La pregunta parece obligada, y hay que tener cuidado con ella. El dào es un concepto formal, no positivo. La frase «puesto que existen todas las cosas, debe haber aquello de lo cual provienen» no nos dice qué es ese «aquello». Solo nos dice una cosa: no puede ser una cosa más entre las cosas, porque entonces no podría ser el origen de todas. No tiene nombre porque ningún nombre de ningún tipo de cosa puede abarcarlo. Es, dice el Lao Zi, «eterno, sin nombre, el Bloque No Tallado», (朴).

De aquí sale la distinción entre yǒu (有), el Ser, y (无), el No Ser. «Todas las cosas del mundo nacen del Ser. El Ser nace del No Ser.» Feng Youlan insiste en que esta frase pertenece a la ontología, no a la cosmogonía. Cualquier cosa que existe implica el Ser, y el Ser implica el No Ser. El «antes» es lógico, como cuando decimos que para ser hombre hay que ser «antes» animal, sin que eso diga nada sobre cuándo ni cómo. Nunca hubo una época de pura nada de la que surgiera el ser.

La ley que deshace todas las paradojas

El Lao Zi se ha movido hasta aquí en un plano abstracto. El salto viene ahora. Entre las leyes que rigen el cambio de las cosas, Lao Zi identifica una que considera fundamental: cuando algo llega a un extremo, revierte hacia su contrario. «La reversión es el movimiento del dào.» Es la ley de 物极必反 (wù jí bì fǎn): lo que llega a un extremo, necesariamente se invierte. A esta regularidad invariable la llama cháng (常): lo que no cambia dentro del cambio. «Conocer lo invariable es ser iluminado.»

Con esta ley en la mano, las paradojas dejan de serlo. «Es en la calamidad donde se apoya la dicha; es en la dicha donde yace la calamidad»: si algo bueno llega a su extremo, se convertirá en su opuesto. «Lo más dúctil del mundo doma lo más inflexible»: lo blando todavía tiene margen para crecer, mientras que lo rígido ya llegó a su límite y está a punto de quebrarse. La contradicción es aparente. Se trata de una observación sobre la dinámica de las cosas.

¿En qué punto exacto se llega al extremo? Lao Zi no fija un número. El extremo es relativo a quien actúa y a las circunstancias en que actúa. Un ejemplo lo aclara: Newton, con todos sus descubrimientos en física, sentía que su conocimiento del universo era como el de un niño jugando a la orilla del mar. Esa sensación lo mantenía lejos del extremo. Un estudiante que termina un manual y cree haberlo entendido todo ya está en el extremo, y empezará a retroceder.

La arrogancia es la señal de que se ha llegado al límite. Es lo primero que hay que evitar.

No hacer de más

Si la reversión gobierna las cosas, la estrategia práctica se deduce sola: para lograr algo, empezar por su contrario; para conservar algo, admitir en ello una porción de lo opuesto. De aquí nace 无为 (wú wéi), que literalmente significa «no actuar» pero que el autor traduce como no actuar en exceso, sin artificialidad ni arbitrariedad. El propósito de hacer algo es tenerlo bien hecho. Si se hace más de lo necesario, el resultado puede ser peor que si no se hubiera hecho nada. Un cuento chino lo ilustra: dos hombres compiten por quién dibuja una serpiente más rápido; el que termina primero, al ver que le sobra tiempo, decide mejorar su dibujo añadiéndole patas. Pierde: una serpiente no tiene patas.

Cada cosa posee un 德 (dé), una fuerza natural que la hace ser lo que es. El wú wéi consiste en seguir ese sin forzar nada, tomando como guía la sencillez, . El dào es el Bloque No Tallado: nada hay más sencillo que aquello que ni siquiera tiene nombre.

Ilustración en tinta china: un pino antiguo al borde de un acantilado con hojas cayendo al vacío, estilo pintura tradicional china

La cadena descendente

Aquí aparece el choque frontal con el confucianismo. Para Lao Zi, el problema de la benevolencia y la justicia es otro: su existencia misma como virtudes nombradas y promovidas indica que algo anterior se ha perdido. El argumento toma la forma de una secuencia descendente:

«Cuando se pierde el dào, aparece el . Cuando se pierde el , aparece la benevolencia. Cuando se pierde la benevolencia, aparece la justicia. Cuando se pierde la justicia, aparecen los ritos.»

Los ritos, dice Lao Zi, son la degeneración de la lealtad y la buena fe, y el comienzo del desorden. Cada escalón de la cadena señala una pérdida: la necesidad de nombrar una virtud es la prueba de que ya no se la vive de forma natural. «Cuando todo el mundo reconoce la bondad como bondad, ya ha aparecido la maldad.»

Para los confucianos, la benevolencia y la justicia son los pilares de la vida moral. Para Lao Zi, son los síntomas de que esa vida ya se quebró.

El tonto que sabe más

Lao Zi pide «volver a ser como un niño». Un niño tiene pocos conocimientos y pocos deseos; no se ha alejado mucho de su original. Pero Feng Youlan marca una diferencia que el propio Lao Zi no siempre mantiene con claridad: la sencillez del sabio y la sencillez del niño son cosas distintas. El niño no sabe; el sabio ha atravesado el saber y ha salido del otro lado. Su aparente ignorancia es el resultado de un proceso, no su punto de partida. «La gran sabiduría parece estupidez» quiere decir que la sabiduría más alta, vista desde fuera, se parece a la estupidez porque ha dejado atrás las distinciones que el saber común necesita para orientarse.

El capítulo cierra así un arco. El dào no tiene nombre porque está más allá de toda distinción. La ley de la reversión rige todas las distinciones. Y quien ha comprendido esa ley hasta sus últimas consecuencias puede vivir con la sencillez de quien ya no necesita nombrar nada, ni siquiera lo que sabe.

CategoríasLecturas

Seguir leyendo