Fuente: Breve historia de la filosofía china, Feng Youlan, traducción de Wang Hongxun y Fan Moxian, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Beijing, 1989, capítulo II
El segundo capítulo de la Breve historia se abre con una cita de Confucio:
«El hombre sabio se deleita con las aguas; el hombre bueno se deleita con las montañas. Los sabios se mueven; los buenos permanecen quietos.»
Feng Youlan dice que al leer este pasaje percibe algo que insinúa una diferencia entre los chinos de la antigüedad y los griegos. No una diferencia de temperamento. Una diferencia más profunda, que tiene que ver con el lugar desde el que cada civilización miró el mundo.
Este capítulo propone una respuesta: esa diferencia viene de la tierra.
Un continente, no un archipiélago
La respuesta es, en su forma más directa, geográfica: China es un país continental.

Para los antiguos chinos, el mundo era la tierra. En chino existen dos expresiones que pueden traducirse como «mundo»: tiānxià (todo bajo el cielo) y sì hǎi zhī nèi (todo dentro de los cuatro mares). Las dos son sinónimas. Para un pueblo que viviera junto al mar, esa equivalencia sería inconcebible. Para los chinos, tiene una lógica perfecta: el mundo es lo que se puede recorrer a pie. El mar es el borde, casi una abstracción.
Feng Youlan señala un dato que parece menor pero no lo es: desde la época de Confucio hasta finales del siglo XIX, ningún pensador chino tuvo la experiencia real de aventurarse en alta mar. Confucio vivía cerca del mar, pero lo menciona una sola vez en las Analectas, y es para decir que si sus ideas no prosperaran, se alejaría en una balsa. No como explorador. Como refugiado.
Los griegos vivían en un mundo de islas y penínsulas. El mar era el camino, no el límite. Esa diferencia geográfica produjo dos maneras distintas de estar en relación con lo conocido y lo desconocido.
La tierra como fundamento de la sociedad
China es también un país agrícola. En la antigüedad, la proporción de su población vinculada directamente a la tierra era abrumadora.

La estructura social tradicional china dividía a la población en cuatro grupos: los 士 (shì) (letrados), los agricultores, los artesanos y los comerciantes. Los comerciantes ocupaban el lugar más bajo.
La razón es económica: la agricultura produce; el comercio solo intercambia. El agricultor crea algo que no existía. El comerciante toma lo que ya existe y lo mueve de un lugar a otro.
Los shì, aunque no cultivaban con sus propias manos, tenían su fortuna ligada a la tierra: su bienestar dependía de las cosechas. Esa dependencia los mantenía enraizados en el mismo ciclo que al agricultor.
Y de ahí viene la observación central del capítulo: los shì tenían la educación necesaria para expresar lo que el verdadero agricultor sentía pero era incapaz de expresar. La filosofía, la literatura y el arte chinos son, en ese sentido, la expresión letrada de una civilización que vivía en contacto directo con la tierra.
Dos maneras de conocer
Para explicar las consecuencias filosóficas de esta diferencia, Feng Youlan recurre a una distinción del filósofo F. S. C. Northrop entre dos tipos de concepto.

Un concepto por intuición es aquel cuyo significado es directamente lo que se percibe. «Azul» es un concepto por intuición: su significado es esa experiencia sensorial concreta, y no puede explicarse qué es el azul sin apelar a la percepción directa.
Un concepto por postulación es aquel cuyo significado viene de un sistema teórico. El número «2» nunca ha sido percibido en estado puro: solo se perciben dos manzanas, dos personas, dos pasos. El «2» existe dentro de un sistema matemático, definido por sus relaciones con otros elementos.
La filosofía griega —y la ciencia occidental que viene de ella— se construyó principalmente sobre la segunda clase. En una economía mercantil y marítima, el pensamiento se entrena en números abstractos: precios, proyecciones, relaciones que no dependen de la percepción directa.
La filosofía china se construyó principalmente sobre la primera clase. El agricultor no razona sobre la tierra: la toca, la observa, la huele. Su conocimiento no pasa por un sistema abstracto intermedio.
Northrop llama a esto el continuum estético: el mundo de la experiencia directa, tal como se presenta antes de ser cortado por los conceptos. En ese continuum, quien conoce y lo que conoce no están separados.
Esta diferencia explica por qué la filosofía china no desarrolló la epistemología occidental —esa pregunta sobre cómo podemos estar seguros de conocer el mundo exterior—: esa pregunta solo surge cuando ya se ha asumido una distancia entre el sujeto y el mundo. Si esa distancia nunca se dio por supuesta, la pregunta no aparece.
Explica también por qué el lenguaje filosófico chino es sugestivo en lugar de argumentativo. El filósofo no construye un sistema de premisas y conclusiones. Señala. Dice lo que ve, con la mayor precisión posible, y confía en que el lector pueda ver lo mismo.
Lo que dura y lo que cambia
Al final del capítulo, Feng Youlan plantea una pregunta metodológica: si la filosofía china estuvo tan ligada a las condiciones de una civilización agrícola, ¿qué queda de ella cuando esas condiciones cambian?
Su respuesta es que en cualquier filosofía hay dos componentes. Uno está vinculado a las condiciones históricas concretas que la produjeron y pierde validez cuando esas condiciones desaparecen. El otro trasciende esas condiciones y mantiene su valor.
La tarea es hacer esa distinción: qué en la filosofía confuciana, taoísta o budista responde a circunstancias ya superadas, y qué apunta a algo que sigue siendo cierto. Esa distinción no puede hacerse de una vez para siempre: debe rehacerse con cada generación.
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