Al leer filosofía china en traducción surge una pregunta que rara vez aparece en los prólogos: ¿qué supuestos introdujo cada lengua que los textos originales no tenían?
Anne Cheng lleva décadas trabajando sobre esa pregunta. Como sinóloga formada entre el chino –su primera lengua– y el francés –la lengua en que escribe–, ha dedicado buena parte de su obra a rastrear las deformaciones que se acumulan cada vez que el pensamiento chino cruza una frontera lingüística o cultural.
El nombre que inventaron los jesuitas
Uno de los argumentos más directos de Cheng tiene que ver con algo aparentemente simple: el nombre Confucio. Ese nombre no existe en chino. En una entrevista concedida a la Universitat Autònoma de Barcelona en 2019, Cheng lo explicó sin rodeos:
«De hecho, el nombre Confucio es una invención de los misioneros jesuitas que tuvieron presencia en China a partir de los siglos XVI y XVII. Latinizaron el apelativo chino 孔夫子 (Kǒng Fūzǐ), que significa maestro Kong (su apellido).»
Al latinizarlo, los jesuitas lo inscribieron en un marco filosófico y teológico europeo que el original no tenía. No era una equivalencia neutra: era también una asignación de sentido.
Lo mismo ocurrió con el término confucianismo. Cheng señala que no existe palabra equivalente en chino: en la tradición china se habla de 儒家 (Rújiā), «la enseñanza de los letrados». El sufijo -ismo fue una construcción del mundo académico europeo del siglo XIX –la ciencia de las religiones–, que lo fabricó siguiendo el modelo de cristianismo: se toma la figura central y se añade un -ismo. La palabra llegó de vuelta a China como un préstamo de Occidente.
El giro que hizo Hegel
La exclusión de la filosofía china del canon académico occidental no es antigua ni natural: es relativamente reciente, y tiene una causa identificable.
En la misma entrevista, Cheng señala el contraste entre dos momentos. En el siglo XVIII, filósofos como Voltaire consideraban China «una nación filosófica por excelencia». Pero en el siglo XIX, con el nacimiento de la filosofía profesional como disciplina universitaria, el mapa cambió:
«Siempre me ha llamado la atención el contraste de lo que ocurre entre el siglo XVIII en Europa, donde tenemos a filósofos como Voltaire que consideran China como una nación filosófica por excelencia, y el inicio del siglo XIX, cuando se inventa la filosofía profesional encarnada por Kant o Hegel: es Hegel precisamente quien decide que la filosofía es de origen griego. China se ve relegada fuera de este campo y se convierte en el ‹gran otro› del discurso filosófico.»
Lo que hasta entonces había sido una tradición tomada en serio pasó a ser objeto de una disciplina diferente: la sinología. Esta separación –filosofía para Grecia, filología para China– no fue una constatación intelectual; fue una decisión institucional. Y sus efectos llegan hasta hoy.
Leer desde dentro, explicar desde fuera
La posición de Cheng es relevante para entender por qué su lectura difiere de la de muchos sinólogos occidentales. Creció en una familia china llegada a Francia; su primera lengua fue el chino. Cuando lee los textos clásicos, los lee desde una familiaridad cultural que precede al análisis académico.
Eso no la hace neutral –nadie lo es–, pero le da acceso a capas del texto que a menudo se pierden en traducción. Y le hace especialmente consciente del problema que investiga: la distancia entre lo que el texto dice y lo que las categorías del lector le hacen decir.
Recuerda que trabajar en la traducción al español de su Historia del pensamiento chino con la traductora Anne-Hélène Suárez Girard les planteó «bastantes puntos de discusión», incluso respecto de la versión francesa: «la alteridad está por todas partes, no sólo entre los dos extremos del continente euroasiático». El problema de la traducción no se resuelve. Solo se puede hacer consciente.
Lo que Cheng propone
Cheng no propone abandonar la traducción –es inevitable–. Propone leerla con más conciencia de lo que transporta. Saber que «Confucio» es un nombre que los jesuitas fabricaron para una audiencia europea. Que «confucianismo» es un -ismo occidental sin equivalente en la lengua que pretende describir. Que la exclusión de China de la historia de la filosofía fue una decisión de Hegel, no una realidad filosófica.
La filosofía china que llega al lector hispanohablante viaja siempre a través de varios filtros: chino clásico → chino moderno → inglés o francés → español. Ese recorrido introduce elecciones terminológicas que no son inocentes. Conocerlas hace posible una lectura más precisa.
Las opiniones presentadas en esta sección corresponden a la autora citada.
Sobre la autora Anne Cheng (París, 1955) es catedrática de Historia Intelectual de China en el Collège de France desde 2008. Es hija del escritor y académico François Cheng, miembro de la Académie française. En 2013 fue investida doctora honoris causa por la Universitat Autònoma de Barcelona, convirtiéndose en la primera experta en Asia Oriental en recibir ese reconocimiento de una universidad española.
Referencias
Cheng, Anne. Historia del pensamiento chino. Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard. Edicions Bellaterra, Barcelona, 2002. ISBN: 978-84-7290-200-8.
https://www.bellaterra.coop/es/libros/historia-del-pensamiento-chino
«El nombre Confucio es una invención de los misioneros jesuitas». Entrevista a Anne Cheng. Sala de prensa, Universitat Autònoma de Barcelona, 12 de diciembre de 2019.
https://www.uab.cat/web/sala-de-prensa/detalle-noticia/el-nombre-confucio-es-una-invencion-de-los-misioneros-jesuitas-1345667994339.html?noticiaid=1345803493549
«Anne Cheng». Wikipedia en español, consultado el 28 de marzo de 2026.
https://es.wikipedia.org/wiki/Anne_Cheng
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